La riqueza de las naciones

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La moneda de oro pagada por el Banco de Inglaterra o por los bancos escoceses a cambio de aquella fracción de sus billetes que excedía lo que podía ser empleado en la circulación del país, al estar también ella por encima de lo que podía absorber la circulación, era a veces remitida al exterior en la forma de moneda, a veces fundida y enviada bajo la forma de lingotes, y a veces fundida y vendida al Banco de Inglaterra al elevado precio de cuatro libras la onza. Las piezas que eran transferidas al exterior o fundidas eran cuidadosamente seleccionadas sólo entre las más nuevas, más pesadas y mejores. En el interior, y mientras mantuviesen la forma de moneda, esas piezas pesadas no valían más que las livianas, pero valían más en el extranjero, o cuando eran fundidas en lingotes en el interior. El Banco de Inglaterra, a pesar de su enorme acuñación anual, comprobó ante su estupefacción que cada año había la misma escasez de moneda que el año anterior, y que a pesar del caudal de nuevas y buenas monedas que el banco emitía cada año, el estado de las monedas, en vez de mejorar cada año más, empeoraba sin cesar. Cada año se veía en la necesidad de acuñar casi la misma cantidad de oro que había acuñado el año anterior, y debido al aumento continuo en el precio del oro en lingotes, ocasionado por el incesante desgaste y tijereteo, el coste de esta gran acuñación anual subía todos los años. El Banco de Inglaterra, al abastecer a sus propias cajas con moneda metálica, está indirectamente obligado a hacerlo con todo el reino, al cual está fluyendo permanentemente moneda desde esas cajas en las formas más variadas. Por lo tanto, toda la moneda que fuese necesaria para sostener esa circulación excesiva de billetes escoceses e ingleses, toda deficiencia ocasionada por esa circulación excesiva en la moneda necesaria para el reino, debía ser proporcionada por el Banco de Inglaterra. Es indudable que los bancos escoceses pagaron muy caro su imprudencia y negligencia. Pero el Banco de Inglaterra pagó muy caro no sólo su propia imprudencia sino también la imprudencia mucho más acusada de casi todos los bancos escoceses.


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