La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Cuando el banco abrió sus puertas, algunos creyeron que por más rápido que se vaciaran sus cajas, siempre podrÃa rellenarlas con dinero obtenido sobre los tÃtulos de aquellos a quienes adelantaba sus billetes. La experiencia pronto los convenció de que este método era demasiado lento para satisfacer sus propósitos, y que las arcas mal llenadas inicialmente y que se vaciaban a tanta velocidad sólo podÃan ser repuestas mediante el ruinoso expediente de girar letras sobre Londres y cuando vencÃan pagarlas con nuevas letras sobre la misma plaza, con comisiones e intereses acumulados. Aunque pudieron de esta forma obtener dinero tan rápidamente como lo demandaban, cada operación no les supuso beneficio alguno sino una pérdida, de forma que a largo plazo siempre se habrÃan arruinado como empresa mercantil, aunque no tan pronto gracias al costoso truco de las letras de peloteo. No podÃan conseguir nada con el interés de los billetes: al estar por encima de lo que la circulación del paÃs podÃa sin dificultad absorber y emplear, habÃa un reflujo de los mismos hacia el banco para ser cambiados por oro y plata en el momento en que eran emitidos; para reembolsar sus billetes el banco debÃa endeudarse permanentemente. Todo el coste de este endeudamiento, del empleo de agentes que buscaban personas con dinero para prestar, la negociación con estas personas, la redacción de los tÃtulos o contratos correspondientes, debÃa recaer sobre el banco y constituir una pérdida neta en su balance. El plan de rellenar sus cajas de esta manera puede ser comparado con el de un hombre de cuyo estanque fluye sin cesar un chorro hacia el exterior, pero al que no entra chorro alguno, y que se propone mantener el nivel del estanque rellenándolo mediante el empleo de un cierto número de personas que fuesen y volviesen sin cesar con cubos a un pozo situado a algunas millas de distancia.