La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Las más prudentes operaciones de la banca no expanden la actividad del país al aumentar su capital sino al convertir en activa y productiva a una sección mayor de lo que ocurriría en otra circunstancia. Aquella parte del capital que un hombre de negocios debe mantener inactiva o en efectivo para hacer frente a demandas eventuales es un capital muerto: mientras permanezca en esas condiciones no produce nada, ni para él ni para su país. La juiciosa acción de los bancos le permiten convertir ese capital muerto en capital activo y productivo; en materiales para elaborar, en herramientas con las que trabajar, en provisiones y subsistencias a obtener por el trabajo; en capital que produce algo para él y para su país. Las monedas de oro y plata que circulan en cualquier país, y por las cuales el producto de su tierra y su trabajo circula anualmente y es distribuido a sus consumidores correspondientes es, igual que el efectivo del hombre de negocios, todo capital muerto. Es una fracción muy valiosa del capital del país, pero que no le produce nada. La prudente actividad bancaria, al sustituir por papel una gran parte del oro y la plata, permite al país convertir una amplia sección de su capital muerto en capital activo y productivo, en capital que produce algo para el país. El dinero de oro y plata que circula en cualquier país puede muy bien compararse con una carretera, que aunque permite la circulación y el transporte hacia el mercado de todos los pastos y cereales del país, no produce nada de ninguno de ellos. La juiciosa acción de los bancos proporciona, si puedo emplear una metáfora tan violenta, una especie de carretera aérea, y permite que el país convierta una gran parte de sus carreteras en buenos campos de pastos y cereales, con lo que incrementa de forma muy considerable el producto anual de su tierra y su trabajo. Debe advertirse, sin embargo, que aunque el comercio y la industria del país puedan ser algo mayores, jamás estarán tan seguros cuando viajan, por así decirlo, suspendidos por las alas de Dédalo del papel moneda, como cuando viajan apoyados en el sólido suelo del oro y la plata. Además de los accidentes a los que se hallan expuestos por la torpeza de quienes dirigen los billetes, corren otros muchos riesgos, de los que ni la prudencia ni la destreza de tales directores los pueden librar.