La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Sin embargo, en todos esos perÃodos hubo no sólo abundante derroche privado y público, varias guerras costosas e innecesarias, intensa desviación del producto anual de la manutención de brazos productivos hacia la de brazos improductivos, sino que en algunas ocasiones, en la confusión del conflicto civil, se produjo una liquidación y destrucción de capital de tal calibre que cualquiera supondrÃa que no sólo retrasó la acumulación natural de riquezas, algo que ciertamente ocurrió, sino que dejó al paÃs al final del perÃodo más pobre que al principio. En la etapa más feliz y afortunada de todas, la que ha transcurrido desde la restauración ¿cuántas perturbaciones y desgracias han sobrevenido que, de haber sido previstas, habrÃan hecho esperar no simplemente el empobrecimiento sino la ruina total del paÃs? El incendio y la peste de Londres, las dos guerras con Holanda, los desórdenes de la revolución, la guerra en Irlanda, las cuatro costosas guerras con Francia de 1688, 1702, 1742 y 1756, además de las dos insurrecciones de 1715 y 1745. Durante las cuatro guerras con Francia la nación se endeudó en más de ciento cuarenta y cinco millones, además de todos los gastos anuales extraordinarios que ocasionaron, con lo que el total no puede ser estimado en menos de doscientos millones. Igualmente grande es la sección del producto anual de la tierra y el trabajo del paÃs que ha sido en distintos momentos desde la revolución empleada en sostener un número extraordinario de trabajadores improductivos. Pero si esas guerras no hubiesen forzado a un capital tan grande en esa dirección, la mayorÃa del mismo habrÃa sido naturalmente invertida en la manutención de brazos productivos, cuyo trabajo habrÃa repuesto con un beneficio todo el valor de su consumo. El valor del producto anual de la tierra y el trabajo del paÃs habrÃa sido por ello incrementado notablemente en cada año, y el aumento de cada año habrÃa aumentado todavÃa más el del año siguiente. Se habrÃan construido más casas, roturado más tierras, y las que se hubiesen roturado antes habrÃan sido mejor cultivadas, se habrÃan establecido más industrias, y las ya instaladas habrÃan progresado más; y no es fácil conjeturar el nivel al que podrÃan haber llegado en la actualidad la riqueza y el ingreso reales del paÃs. Aunque el derroche del gobierno indudablemente retrasó el desarrollo natural de Inglaterra hacia la riqueza y el progreso, no fue capaz de detenerlo. El producto anual de su tierra y su trabajo es evidentemente muy superior hoy que en la restauración o la revolución. Por lo tanto, el capital invertido anualmente en el cultivo de esa tierra y el mantenimiento de ese trabajo debe ser también muy superior. Frente a todas las exacciones del Estado, este capital ha sido silenciosa y paulatinamente acumulado por la frugalidad privada y el buen comportamiento de los individuos, por su esfuerzo universal, continuo e ininterrumpido en mejorar su propia condición. Este esfuerzo, protegido por la ley y que gracias a la libertad se ha ejercitado de la manera más provechosa, es lo que ha sostenido el desarrollo de Inglaterra hacia la riqueza y el progreso en casi todos los tiempos pasados, y es de esperar que lo siga haciendo en el futuro. Y asà como Inglaterra nunca tuvo la suerte de contar con un gobierno parsimonioso, tampoco ha sido la frugalidad la virtud caracterÃstica de sus habitantes. Resulta por ello una grandÃsima impertinencia y presunción de reyes y ministros el pretender vigilar la economÃa privada de los ciudadanos, y restringir sus gastos sea con leyes suntuarias o prohibiendo la importación de artÃculos extranjeros de lujo. Ellos son, siempre y sin ninguna excepción, los máximos dilapidadores de la sociedad. Que vigilen ellos sus gastos, y dejen confiadamente a los ciudadanos privados que cuiden de los suyos. Si su propio despilfarro no arruina al Estado, el de sus súbditos jamás lo hará.