La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Si no se emplease un capital en separar y dividir ciertas porciones de las materias primas o los artÃculos manufacturados en secciones pequeñas que se adapten a las demandas ocasionales de quienes los necesitan, cada persona se verÃa obligada a comprar una cantidad de bienes superior a lo que le exigen sus necesidades inmediatas. Si no existiese el oficio del carnicero, por ejemplo, cada persona deberÃa comprar cada vez una res o una oveja entera. Esto serÃa en general incómodo para los ricos, y mucho más para los pobres. Si un artesano modesto fuese forzado a adquirir cada vez las provisiones de un mes o de seis meses, una gran parte de los fondos que emplea como capital en sus instrumentos de trabajo, o en el mobiliario de su tienda, y que le rinden un ingreso, deberÃa emplearlos en aquella parte que reserva para su consumo inmediato, y que no le genera ingreso alguno. Para una persona en su condición, nada serÃa más conveniente que poder comprar sus alimentos cada dÃa o incluso cada hora, según los necesite. Asà podrÃa emplear casi la totalidad de sus fondos como capital, y producir por ello un valor mayor; el beneficio que obtiene compensa con creces el precio adicional que el beneficio del minorista impone sobre los bienes. Los prejuicios de algunos escritores contra los tenderos y comerciantes carecen totalmente de fundamento. No sólo no es necesario gravarlos con impuestos o limitar su número, sino que jamás podrán dañar al público multiplicándose, aunque sà pueden dañarse mutuamente al hacerlo. La cantidad de comestibles que pueden ser vendidos en una ciudad determinada está limitada por la demanda de dicha ciudad y sus cercanÃas. El capital, entonces, que puede ser empleado en el negocio de las tiendas de comestibles no puede exceder el que serÃa suficiente para comprar dicha cantidad. Si ese capital se divide entre dos tenderos diferentes, su competencia hará que ambos vendan más barato que si estuviera en manos de uno solo; y si se divide entre veinte, su competencia serÃa mucho mayor, y la posibilidad de que se combinen para elevar el precio mucho menor. Es posible que la competencia arruine a algunos de ellos, pero ocuparse de este asunto concierne a las partes afectadas y debe ser dejado a su discreción. Nunca puede perjudicar al consumidor ni al productor; al contrario, tenderá a hacer que los minoristas vendan más barato y compren más caro que si toda la actividad estuviese monopolizada por una o dos personas. Es posible que algunos de ellos engañen a un cliente ingenuo para que compre lo que no necesite. Sin embargo, la importancia de este problema es demasiado pequeña como para merecer la atención pública, y tampoco se resolverÃa necesariamente reduciendo el número de comerciantes. Por poner el ejemplo que levanta más sospechas: no es la multitud de tabernas la causa de la disposición general al alcoholismo entre el pueblo llano, sino que esa disposición, originada en otras causas, necesariamente da pie a que haya una multitud de tabernas.