La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Es verdad que las etapas de la prosperidad humana no parecen haber sido jamás tan prolongadas como para permitir a un gran país adquirir el capital suficiente para los tres propósitos, salvo quizás si hemos de creer los extraordinarios relatos acerca de la riqueza y los cultivos en China, en el antiguo Egipto y el antiguo estado del Indostán. Incluso esos tres países, según todas las informaciones los más ricos que ha habido nunca sobre la tierra, son esencialmente célebres por su agricultura y su industria. No parecen haber sido eminentes por su comercio exterior. Los antiguos egipcios sentían una supersticiosa aversión hacia el mar; en la India prevalece una superstición análoga; y los chinos jamás se destacaron por su comercio exterior. El grueso de la producción excedente de esos tres países fue siempre exportada por extranjeros, que a cambio de ella entregaban alguna otra cosa que tuviese demanda allí, generalmente oro y plata.
Según, pues, las diferentes proporciones en que un mismo capital se emplee en la agricultura, la industria y el comercio mayorista, pondrá en movimiento a una cantidad mayor o menor de trabajo productivo, y añadirá un valor mayor o menor al producto anual de su tierra y su trabajo. La diferencia es también muy abultada según las distintas clases de comercio mayorista en las que se invierta cualquier sección del mismo.