La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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El orden de cosas que la necesidad impone en general, aunque no en todos los países, resulta en cada país concreto promovido por las inclinaciones naturales de las personas. Si las instituciones humanas no hubiesen nunca torcido esas inclinaciones, las ciudades jamás habrían crecido más allá de lo que podía permitir la roturación y cultivo del territorio donde se hallaban situadas, al menos hasta que ese territorio hubiese estado completamente roturado y cultivado. Si los beneficios son iguales, o prácticamente iguales, la mayoría de los hombres preferirán invertir sus capitales en la mejora y cultivo de la tierra que en las manufacturas o el comercio exterior. El hombre que invierte su capital en la tierra lo tiene más a la vista y controlado, y su fortuna es menos susceptible de accidentes que la del comerciante, que con frecuencia se ve obligado a ponerla al albur no sólo de los vientos y las olas sino de elementos aún más inciertos: la insensatez y la injusticia humanas, al conceder cuantiosos créditos en países lejanos a individuos cuya personalidad y cuyas condiciones rara vez conoce cabalmente. El capital del terrateniente, por el contrario, ceñido a la mejora de su tierra, parece estar tan seguro como la naturaleza de los asuntos humanos pueda admitir. Además, la belleza del campo, los placeres de la vida rural, la paz de espíritu que depara y la independencia que efectivamente proporciona, siempre que la injusticia de las leyes humanas no lo perturbe, tienen un encanto que atrae en mayor o menor medida a todo el mundo; y como el cultivo de la tierra fue el destino original del hombre, en cada etapa de su existencia parece conservar una predilección por esta actividad primitiva. Está claro que sin la ayuda de algunos artesanos el cultivo de la tierra sólo puede realizarse con grandes incomodidades y continuas interrupciones. El granjero necesita a menudo los servicios de herreros, carpinteros, fabricantes de ruedas y arados, albañiles y fabricantes de ladrillos, curtidores, zapateros y sastres. Estos artesanos también se necesitan a veces mutuamente; y como su residencia, al revés que la del granjero, no está necesariamente ligada a un lugar concreto, se agrupan naturalmente cerca unos de otros, formando así una pequeña ciudad o pueblo. Pronto se les unen el carnicero, el cervecero, el panadero y otros muchos artesanos y comerciantes minoristas, necesarios o convenientes para satisfacer sus demandas ocasionales, y que contribuyen a expandir aún más la ciudad. Los habitantes de la ciudad y los del campo se prestan un servicio recíproco. La ciudad es un mercado o feria permanente, a donde acuden los habitantes del campo para cambiar sus productos primarios por productos manufacturados. Este es el comercio que provee a los habitantes de la ciudad tanto de los materiales para su trabajo como de los medios para su subsistencia. La cantidad de artículos terminados que venden a los habitantes del campo necesariamente regula la cantidad de materiales y provisiones que compran. Por lo tanto, ni su actividad ni su subsistencia pueden aumentar si no es en proporción al aumento de la demanda por el campo de artículos terminados; y esta demanda sólo puede aumentar en proporción a la extensión de la roturación y el cultivo. De ahí que si las instituciones humanas no hubiesen perturbado el curso natural de las cosas, el desarrollo y enriquecimiento progresivo de las ciudades habría sido en toda sociedad política una consecuencia proporcionada a la mejora y cultivo de las tierras.


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