La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Pero lo que la violencia de las instituciones feudales jamás habrÃa podido lograr lo consiguió gradualmente la acción silenciosa e imperceptible del comercio exterior y las manufacturas. Ellos proveyeron paulatinamente a los grandes propietarios con algo por lo que podÃan intercambiar todo el producto excedente de sus tierras, y que podÃan consumir ellos mismos sin compartirlo con arrendatarios ni sirvientes. La máxima vil de los poderosos parece haber sido siempre: todo para nosotros, nada para los demás. AsÃ, tan pronto como descubrieron un método para consumir el valor total de sus rentas ellos mismos, no se mostraron dispuestos a compartirlo con otras personas. Por un par de hebillas de diamantes, o por otra cosa tan frÃvola e inútil, eran capaces de intercambiar la manutención, o lo que es lo mismo: el precio de la manutención de mil hombres durante un año, y con ello todo el poder y autoridad que asà podrÃan haber conseguido. Pero esas hebillas serÃan de su uso exclusivo y ningún ser humano tendrÃa la menor participación en ellas, mientras que con la vieja forma de gastar habrÃan participado en el gasto al menos mil personas. Este punto resultó completamente decisivo para orientar las preferencias de quienes tenÃan que optar por un método u otro. Y asÃ, para satisfacer la más pueril, despreciable y sórdida de todas las vanidades, enajenaron gradualmente todo su poder y autoridad.