La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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El monopolio se ha mostrado o puede mostrarse ventajoso para una clase particular sólo mediante la elevación de la tasa normal de beneficios. Pero aparte de todos los efectos perjudiciales para el país en general, que ya han sido mencionados como resultante necesaria de una alta tasa de beneficios hay uno que acaso sea más desastroso que todos ellos juntos, y que la experiencia demuestra que se halla inseparablemente conectado con dicha tasa. En todas partes una tasa de beneficio elevada destruye la parsimonia que en otras circunstancias es algo natural en la personalidad de los empresarios. Cuando los beneficios son abultados, esa sobria virtud semeja superflua y el lujo oneroso más adecuado a la opulencia de su situación. Pero los propietarios de los grandes capitales mercantiles son necesariamente los líderes y conductores de toda la economía de cualquier nación, y su ejemplo ejerce una influencia sobre las costumbres de la parte laboriosa de la misma mucho más aguda que la de cualquier otra clase de personas. Si su empleador es vigilante y frugal, el trabajador muy probablemente lo será también; pero si el patrono es disoluto y desordenado, el trabajador que orienta su labor según el modelo que su patrono le prescribe también orientará su vida según el ejemplo que aquél le presta. La acumulación resulta así obstaculizada en las manos de quienes están naturalmente más dispuestos a acumular; y los fondos destinados a la manutención del trabajo productivo no derivan aumento alguno del ingreso de aquellos que naturalmente más deberían aumentarlo. El capital del país, en vez de aumentar, desaparece gradualmente y la cantidad de trabajo productivo que mantiene es cada día menor. ¿Es que los exorbitantes beneficios de los comerciantes de Cádiz o Lisboa han expandido el capital de España y Portugal? ¿Es que han aliviado la pobreza o promovido la economía de esos dos países tan miserables? El tono del gasto mercantil en esas dos ciudades comerciales ha sido tal que esos exorbitantes beneficios no sólo no han aumentado el capital general del país sino que apenas han resultado suficientes para mantener los capitales que los originaron. Todos los días los capitales extranjeros se entremeten, por así decirlo, más y más en el comercio de Cádiz y Lisboa. Los españoles y los portugueses procuran tensar cada día los irritantes lazos de su absurdo monopolio para expulsar a esos capitales extranjeros de un comercio que sus propios capitales se revelan también cada día más incapaces de desarrollar. Si se comparan los usos comerciales de Cádiz y Lisboa con los de Ámsterdam se observa cuán diversa es la reacción de la conducta y personalidad de los comerciantes ante los beneficios del capital elevados y reducidos. Los comerciantes de Londres no se han vuelto ciertamente unos señores tan magníficos como los de Cádiz o Lisboa, pero tampoco son burgueses tan cuidadosos y frugales como los de Ámsterdam. Se supone, no obstante, que son mucho más ricos que los primeros y no tan ricos como muchos de los segundos. Pero su tasa de beneficio es normalmente mucho más baja que la de los primeros y bastante más alta que la de los segundos. Lo que llega con facilidad, con facilidad se va, reza el proverbio; y el estilo general del gasto es en todas partes determinado no por la capacidad efectiva para gastar sino por la supuesta facilidad para conseguir dinero para gastar.


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