La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Para que una provincia resulte ventajosa para el imperio al que pertenece debería aportar en tiempos de paz un ingreso a la hacienda pública suficiente no sólo para sufragar todo el coste de su gobierno en tiempos de paz sino para contribuir proporcionalmente al sostén del gobierno general del imperio. Cada provincia ocasiona, en mayor o menor medida, un incremento en el gasto de ese gobierno general. Si una provincia en particular, entonces, no aporta su cuota para hacer frente a ese gasto, se arroja una carga injusta sobre alguna otra parte del imperio. Por la misma razón, el ingreso extraordinario con que toda provincia concurre al erario público en tiempos de guerra debería guardar la misma proporción con el ingreso extraordinario de todo el imperio como ocurre con su ingreso normal en tiempos de paz. Cualquiera reconocerá que ni el ingreso ordinario ni el extraordinario que Gran Bretaña deriva de sus colonias guarda esa proporción con el ingreso total del imperio británico. Es verdad que se ha supuesto que el monopolio, al incrementar el ingreso privado de los ciudadanos de Gran Bretaña y al permitirles por ello pagar más impuestos, compensa la deficiencia en los ingresos públicos de las colonias. Pero este monopolio, como he intentado demostrar, aunque es un gravoso tributo sobre las colonias y aunque pueda aumentar el ingreso de una clase particular de personas en Gran Bretaña, no aumenta sino que disminuye el ingreso de la mayoría de la población; y en consecuencia no aumenta sino que disminuye la capacidad de la mayoría de los ciudadanos para pagar impuestos. Además, las personas cuyo ingreso es expandido por el monopolio son una clase especial, a la que no se puede gravar en mayor proporción que a otras, y a las que sería políticamente muy peligroso intentar cobrarles proporcionalmente más impuestos, como procuraré demostrar en el libro siguiente. De esta clase especial, entonces, no se podrán obtener recursos especiales.