La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Un pastor dispone de mucho tiempo libre; un labrador, en una etapa primitiva, tiene un poco; un artesano o manufacturero no tiene ninguno. El primero puede emplear una buena parte de su tiempo en ejercicios marciales sin pérdida alguna; el segundo puede emplear una parte de su tiempo; pero el tercero no puede emplear ni una hora en ellos sin pérdida, y la atención a sus propios intereses lo conduce naturalmente a dejarlos por completo de lado. El progreso en la labranza, además, que necesariamente deriva del desarrollo de las artes y la industria, va dejando al labrador con tan poco tiempo libre como el artesano. Los ejercicios militares llegan a ser tan ajenos a los habitantes del campo como a los de la ciudad, y la mayoría de la población llega a carecer por completo de preparación para la guerra. Al mismo tiempo, la riqueza que siempre sigue al desarrollo de la agricultura y la industria, y que en realidad no es más que el producto acumulado de ese desarrollo, provoca la invasión de sus vecinos. Una nación laboriosa, y por eso rica, es la que tiene más probabilidades de ser atacada; y salvo que el estado adopte algunas medidas novedosas para la defensa pública, los hábitos naturales de la población la tornan absolutamente incapaz de defenderse a sí misma.
En estas circunstancias, hay solo dos métodos mediante los cuales el estado puede suministrar una defensa pública aceptable.