La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Cuando un grupo de comerciantes decide por su cuenta y riesgo abrir un nuevo comercio con una nación remota y bárbara, puede ser razonable hacer que se incorporen en una sociedad por acciones, y si tienen éxito concederles durante un cierto número de años un monopolio sobre ese comercio. Es la forma más sencilla y natural en que el estado puede recompensarlos por arriesgarse a una empresa peligrosa y cara, de la que la población puede beneficiarse después. Un monopolio temporal de esta guisa puede ser reivindicado sobre los mismos principios a partir de los cuales se concede un monopolio similar de una nueva máquina a su inventor, o de un nuevo libro a su autor. Pero una vez vencido el plazo el monopolio debe evidentemente extinguirse; los fuertes y guarniciones, si fue necesario levantarlos, deben pasar a manos del estado, su valor deberá ser pagado a la compañía y el comercio debe ser abierto a todos los súbditos de dicho estado. Si el monopolio se vuelve perpetuo, todos los demás súbditos del estado resultan muy absurdamente gravados por dos vías diferentes: primero, por el alto precio de los bienes, que en el caso del libre comercio podrían comprar mucho más baratos; y segundo, por su completa exclusión de una rama de los negocios en la que podría ser conveniente y rentable que muchos de ellos participaran. Por añadidura, son gravados con el menos valioso de los objetivos: meramente para permitir que la compañía sostenga la negligencia, prodigalidad y malversación de sus propios empleados, cuya conducta desordenada pocas veces permite al dividendo de la compañía superar la tasa de beneficio corriente en actividades completamente libres, y muy a menudo hace que sea bastante inferior a dicha tasa. Ahora bien, la experiencia revela que sin un monopolio una compañía por acciones no puede llevar adelante durante mucho tiempo ninguna clase de comercio exterior. Comprar en un mercado para vender con un beneficio en otro cuando hay otros muchos competidores en ambos; vigilar no sólo las ocasionales variaciones de la demanda sino las mucho más intensas y frecuentes variaciones en la competencia, o en la oferta de otras personas que es probable que acudan a satisfacer la demanda; y ajustar con destreza y buen criterio tanto la cantidad como la calidad de cada surtido de artículos a todas estas circunstancias, equivale a una especie de guerra cuyas operaciones están cambiando continuamente y que no puede ser conducida con éxito sino mediante un ejercicio incansable de vigilancia y atención, algo que no puede esperarse que hagan durante mucho tiempo los directivos de una sociedad por acciones. …