La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Cuando … la filosofía y la retórica se pusieron de moda, las clases más altas solían enviar a sus hijos a las escuelas de los filósofos y retóricos para que recibieran instrucción en esas ciencias. Pero esas escuelas no eran financiadas por el estado. Durante mucho tiempo apenas fueron toleradas por él. La demanda de filosofía y retórica fue durante mucho tiempo tan pequeña que sus primeros profesores no podían encontrar un empleo permanente en ninguna ciudad, y se veían obligados a viajar de un lugar a otro. Así vivieron Zenón de Elea, Protágoras, Gorgias, Hipias y muchos otros. Cuando la demanda aumentó, las escuelas de filosofía y retórica se volvieron sedentarias, primero en Atenas y después en otras ciudades. El estado, sin embargo, nunca las incentivó más allá de asignarles un lugar especial para sus actividades, algo que a veces también hacían donantes privados. El estado asignó la Academia a Platón, el Liceo a Aristóteles y el Pórtico a Zenón de Citia, el fundador de los estoicos. Pero Epicuro legó sus jardines a su escuela. Y hasta los tiempos de Marco Antonio ningún profesor recibió salario alguno del estado, ni tuvo otros emolumentos salvo los honorarios o tasas de sus alumnos. El subsidio que ese emperador filósofo concedió a uno de sus maestros de filosofía, según nos cuenta Luciano, probablemente no sobrevivió al emperador. No había nada parecido a los privilegios de la graduación, y no era necesario asistir a ninguna de esas escuelas para poder practicar un oficio o una profesión. Si la opinión establecida sobre su utilidad no podía atraer alumnos hacia ellas, la ley no obligaba a nadie a que fuese ni retribuía a nadie por el hecho de ir. Los maestros no tenían jurisdicción alguna sobre sus estudiantes, ni ninguna autoridad salvo esa autoridad natural que la virtud y las capacidades superiores nunca dejan de suscitar entre los jóvenes con respecto a aquellos a quienes se confía cualquier parte de su educación.