La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Se admitirá fácilmente que las habilidades civiles y militares de los griegos y los romanos fueron al menos equivalentes a las de cualquier nación moderna. Quizás nuestro prejuicio sea el sobrevalorar esas habilidades. Pero en cualquier caso, y salvo en lo relativo a los ejercicios militares, el estado no parece haberse tomado muchas molestias en desarrollar esas habilidades. …Sin embargo, hubo maestros para instruir a las clases altas de esas naciones en todas las artes y las ciencias que según las circunstancias de su sociedad era necesario que conocieran. La demanda de dicha instrucción produjo lo que produce siempre: el talento para satisfacerla, y la emulación que sistemáticamente ocasiona la libre competencia condujo a ese talento hasta un muy elevado grado de perfección. En la atención que despertaban, en la influencia que tenÃan sobre las opiniones y principios de sus oyentes, en su facultad para dar determinado tono y carácter a la conducta y conversación de dichos oyentes, los filósofos antiguos estuvieron muy por encima de cualquier profesor de hoy. En los tiempos modernos, la diligencia de los maestros públicos está más o menos corrompida por las circunstancias, que la vuelven más o menos independiente de su éxito y reputación en sus respectivas profesiones. Además, sus salarios sitúan al maestro particular que pretenda competir con ellos en la misma posición que un mercader que pretenda comerciar sin subvenciones en competencia con los que comercian con un copioso subsidio. Si vende sus bienes casi al mismo precio no podrá obtener el mismo beneficio, y su destino irremediable será la pobreza y la miseria, si no la quiebra y la ruina. Si trata de venderlos a un precio bastante mayor, tendrá probablemente tan pocos clientes que sus circunstancias no serán mucho mejores. Asimismo, los privilegios de la graduación son en muchos paÃses necesarios o al menos sumamente convenientes para la mayorÃa de las personas en las profesiones eruditas, es decir, para el grueso de los que necesitan una educación avanzada. Pero esos privilegios sólo pueden ser obtenidos asistiendo a las clases de los profesores públicos. La asistencia más atenta a las mejores clases de un profesor privado no siempre dan derecho a exigirlos. Por todas estas causas el profesor privado de cualquiera de las ciencias que habitualmente se enseñan en las universidades es en los tiempos modernos por regla general considerado como perteneciente a la clase más baja de los hombres de letras: un hombre que tenga verdaderamente capacidades no podrá encontrar para ellas una aplicación más humillante y menos rentable. AsÃ, las dotaciones de escuelas y colegios no sólo han corrompido la diligencia de los profesores públicos sino que han vuelto casi imposible que haya buenos profesores particulares.