Antígona

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MENSAJERO Hemón ha perecido, y él de su propia mano ha vertido su sangre.

CORIFEO. ¿Por mano de su padre o por la suya propia?

MENSAJERO. El mismo y por su misma mano: irritada protesta contra el asesinato perpetrado por su padre. Desaparecen tras la puerta Eurídice y las doncellas.

CORIFEO. ¡Oh adivino, cuán de cabal adivino fueron tus palabras!

MENSAJERO Pues esto es así, y podéis ir pensando en lo otro. Tras un breve silencio, reaparece Eurídice que baja hasta la mitad de la escalinata y luego se acerca hasta ellos para oír el discurso del mensajero.

CORIFEO. Ahora veo a la infeliz Eurídice, la esposa de Creonte, que sale de palacio, quizá para mostrar su duelo por su hijo o acaso por azar.

EURÍDICE. Algo ha llegado a mi de lo que hablabais, ciudadanos aquí reunidos, cuando estaba para salir con ánimo de llevarle mis votos a la diosa Palas; estaba justo tanteando la cerradura de la puerta, para abrirla, y me ha venido al oído el rumor de un mal para mi casa; he caído de espaldas en brazos de mis esclavas y he quedado inconsciente; sea la noticia la que sea, repetídmela: no estoy poco avezada al infortunio y sabré oírla.


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