Filoctetes

Filoctetes

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No recogía para su alimento el grano de la sagrada tierra, ni otros productos que cultivamos los hombres comedores de pan, a no ser que, por medio de las rápidas flechas de su certero arco, se procurara algún alimento a su estómago. ¡Oh ser desgraciado, que por un tiempo de diez años no disfrutó de beber vino escanciado, sino que, observando dónde podría descubrir un estanque de agua, a ella se tenía que dirigir siempre!

ANTÍSTROFA 2.a

Y ahora que se ha encontrado con el hijo de valientes varones será, por fin, feliz y poderoso al salir de esos males. Éste, después de un buen número de meses en su nave surcadora del mar, le conducirá a la morada paterna de las ninfas melíades y a las riberas del Esperqueo, donde el varón de broncíneo escudo se acercó a los dioses radiante por el divino resplandor, por encima de tas alturas del Eta.

(Salen de la gruta Neoptólemo y Filoctetes. Éste se detiene de pronto aquejado de un repentino mal.)

NEOPTÓLEMO. —Avanza, si quieres. ¿Por qué te callas así sin ninguna razón y te quedas pasmado?

FILOCTETES. —¡Ah, ah, ah!

NEOPTÓLEMO. —¿Qué ocurre?

FILOCTETES. —Nada que sea terrible. Pero ve, oh hijo.

NEOPTÓLEMO. —¿Es que notas dolor por la enfermedad que te aqueja?


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