Las traquinias
Las traquinias DEYANIRA. —Ha sucedido un prodigio tal que, si os lo digo, mujeres, no espero que lo entendáis: aquello con lo que hace poco unté el blanco manto de gala —un vellón de una oveja de hermosa lana— ha desaparecido, no destruido por ninguno de los de dentro de la casa, sino que se desvaneció consumido por sà mismo, y se diluyó en la arcillosa superficie.
Para que tú sepas todo tal como pasó, me extenderé en un relato más amplio. Yo, en efecto, de los preceptos que el fiero Centauro me enseñó cuando sufrÃa por amarga flecha en el costado, ninguno dejé de hacer, sino que los recordé como la imborrable escritura de una tablilla de bronce. Se me aconsejó esto y asà lo hice: que conservara el ungüento sin contacto con el fuego y escondido siempre sin que fuera alcanzado por el calor hasta que lo aplicara, en el momento de untarlo. Y de esta manera obré.