Las traquinias

Las traquinias

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HILO. —Si te tienes que enterar, es preciso que lo cuente todo. Cuando, tras haber destruido la ciudad ilustre de Éurito, él volvía con los trofeos y primicias de victoria, en un promontorio de Eubea, bañado en sus dos lados por el mar —el cabo Ceneo—, allí donde a su padre Zeus dedicó altares y un frondoso recinto, en este lugar le vi por primera vez, feliz por el deseo de verle. Llegó junto a él, en el momento que se disponía a preparar gran número de sacrificios, su propio heraldo Licas, procedente de su palacio, llevando tu regalo, el manto mortal. Heracles, poniéndose el vestido, según tú habías dado previamente las órdenes, sacrifica doce bueyes que estaban sin tacha, como primicia del botín, y además se prepara a llevar al ara todo el ganado mezclado, en número de cien. Y, en primer lugar, ¡infortunado!, con ánimo bien dispuesto y alegre por el vestido con que se engalana, hacía su plegaria. Pero cuando ardía la llama que procede del resinoso árbol, rociada con sangre de los solemnes sacrificios, un sudor le subió a la piel, el manto se ciñó muy ajustado a todas las articulaciones, como la obra de un artesano, y le llegó un convulsivo dolor desde los huesos, devorándole luego como un veneno de una hostil y mortífera víbora. Entonces le gritó al desdichado Licas que para nada era causante de tu mala acción, que con qué intenciones había traído este manto. Pero él, ¡desventurado!, que no sabía nada, dijo que lo traía como un regalo de tu parte, y de ti sola, tal como se había dispuesto. Aquél lo oyó al tiempo que se apoderaba de sus entrañas una dolorosísima convulsión y, cogiéndole por el pie, donde se dobla la articulación, le arroja contra una roca que emerge del mar, bañada por todas partes, y le hace saltar entre la cabellera el blanco cerebro, esparciéndose el cráneo partido en dos y la sangre. Toda la multitud lanzó un grito de lamento a la vista de la locura de uno y del final de otro, y ninguno se atrevía a enfrentarse al héroe, que se tiraba por tierra y se levantaba por el aire gritando, dando alaridos. En torno suyo las rocas, los montañosos cabos de Lócride y los acantilados de Eubea, resonaban. Después que quedó agotado de arrojarse a sí mismo, el infortunado, muchas veces por tierra y de lanzar muchos gritos de lamento, al tiempo que maldecía el funesto lecho, el tuyo, infeliz, y la boda de Eneo —cómo había sido dispuesta para ruina de su vida—, entonces, desde el humo que le rodea me ve, llorando, entre la numerosa muchedumbre y, dirigiéndome la mirada, me llama: «¡Oh hijo!, acércate, no rehúyas mi desgracia, ni siquiera si es preciso que tú mueras juntamente conmigo en mi destrucción. Pero apártame y, sobre todo, colócame allí donde ningún mortal me pueda ver. Y si tienes compasión, en tal caso, llévame fuera de esta tierra lo más rápidamente posible, no vaya a morir aquí.»


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