Ătica demostrada segĂșn el orden geomĂ©trico
Ătica demostrada segĂșn el orden geomĂ©trico La mayor parte de los que han escrito acerca de los afectos y la conducta humana, parecen tratar no de cosas naturales que siguen las leyes ordinarias de la naturaleza, sino de cosas que estĂĄn fuera de Ă©sta. MĂĄs aĂșn: parece que conciben al hombre, dentro de la naturaleza, como un imperio dentro de otro imperio. Pues creen que el hombre perturba, mĂĄs bien que sigue, el orden de la naturaleza que tiene una absoluta potencia sobre sus acciones y que sĂłlo es determinado por sĂ mismo. Atribuyen ademĂĄs la causa de la impotencia e inconstancia humanas, no a la potencia comĂșn de la naturaleza, sino a no sĂ© quĂ© vicio de la naturaleza humana, a la que, por este motivo, deploran, ridiculizan, desprecian o, lo que es mĂĄs frecuente, detestan; y se tiene por divino a quien sabe denigrar con mayor elocuencia o sutileza la impotencia del alma humana. No han faltado, con todo, hombres muy eminentes (a cuya labor y celo confesamos deber mucho), que han escrito muchas cosas preclaras acerca de la recta conducta, y han dado a los mortales consejos llenos de prudencia, pero nadie, que yo sepa, ha determinado la naturaleza y la fuerza de los afectos, ni lo que puede el alma, por su parte, para moderarlos. Ya sĂ© que el celebĂ©rrimo Descartes, aun creyendo que el alma tiene una potencia absoluta sobre sus acciones, ha intentado, sin embargo, explicar los afectos humanos por sus primeras causas, y mostrar, a un tiempo, por quĂ© vĂa puede el alma tener un imperio absoluto sobre los afectos; pero, a mi parecer al menos, no ha mostrado nada mĂĄs que la agudeza de su gran genio, como demostrarĂ© en su lugar. Ahora quiero volver a los que prefieren, tocante a los efectos y actos humanos, detestarlos y ridiculizarlos mĂĄs bien que entenderlos. A Ă©sos, sin duda, les parecerĂĄ chocante que yo aborde la cuestiĂłn de los vicios y sinrazones humanas al modo de la geometrĂa, y pretenda demostrar, siguiendo un razonamiento cierto, lo que ellos proclaman que repugna a la razĂłn, y que es vano, absurdo o digno de horror. Pero mis razones para proceder asĂ son Ă©stas: nada ocurre en la naturaleza que pueda atribuirse a vicio de ella; la naturaleza es siempre la misma, y es siempre la misma, en todas partes, su eficacia y potencia de obrar; es decir, son siempre las mismas, en todas partes, las leyes y reglas naturales segĂșn las cuales ocurren las cosas y pasan de unas formas a otras; por tanto, uno y el mismo debe ser tambiĂ©n el camino para entender la naturaleza de las cosas, cualesquiera que sean, a saber: por medio de las leyes y reglas universales de la naturaleza. Siendo asĂ, los afectos tales como el odio, la ira, la envidia, etcĂ©tera, considerados en sĂ, se siguen de la misma necesidad y eficacia de la naturaleza que las demĂĄs cosas singulares, y, por ende, reconocen ciertas causas, en cuya virtud son entendidos, y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplaciĂłn nos deleitemos. AsĂ pues, tratarĂ© de la naturaleza y fuerza de los afectos, y de la potencia del alma sobre ellos, con el mismo mĂ©todo con que en las Partes anteriores he tratado de Dios y del alma, y considerar los actos y apetitos humanos como si fuese cuestiĂłn de lĂneas, superficies o cuerpos.