Ética demostrada segĂșn el orden geomĂ©trico

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Escolio: Con estas pocas Proposiciones he explicado las causas de la impotencia e inconstancia humanas, y por quĂ© los hombres no observan los preceptos de la razĂłn. Me queda ahora por mostrar quĂ© es lo que la razĂłn nos prescribe, quĂ© afectos concuerdan con las reglas de la razĂłn humana, y cuĂĄles, en cambio, son contrarios a ellas. Pero antes de empezar a demostrar todo eso segĂșn nuestro prolijo orden geomĂ©trico, conviene primero aludir brevemente a los dictĂĄmenes mismos de la razĂłn, para que todos comprendan mĂĄs fĂĄcilmente mi pensamiento. Como la razĂłn no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sĂ­ mismo, busque su utilidad propia —lo que realmente le sea Ăștil—, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfecciĂłn mayor, y, en tĂ©rminos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto estĂĄ en su mano por conservar su ser. Y esto es tan necesariamente verdadero como que el todo es mayor que la parte (ver ProposiciĂłn 4 de la Parte III), Supuesto, ademĂĄs, que la virtud (por la DefiniciĂłn 8 de esta Parte) no es otra cosa que actuar segĂșn las leyes de la propia naturaleza, y que nadie se esfuerza en conservar su ser (por la ProposiciĂłn 7 de la Parte III) sino en virtud de las leyes de su propia naturaleza, se sigue de ello: primero, que el fundamento de la virtud es el esfuerzo mismo por conservar el ser propio, y la felicidad consiste en el hecho de que el hombre puede conservar su ser. Se sigue tambiĂ©n, segundo: que la virtud debe ser apetecida por sĂ­ misma, y que no debemos apetecerla por obra de otra causa mĂĄs excelente o Ăștil para nosotros que la virtud misma. Se sigue, por Ășltimo, tercero: que los que se suicidan son de ĂĄnimo impotente, y estĂĄn completamente derrotados por causas exteriores que repugnan a su naturaleza. AdemĂĄs, se sigue, en virtud del Postulado 4 de la Parte II, que nosotros no podemos prescindir de todo lo que nos es externo, para conservar nuestro ser, y que no podemos vivir sin tener algĂșn comercio con las cosas que estĂĄn fuera de nosotros; si, ademĂĄs, tomamos en consideraciĂłn nuestra alma, vemos que nuestro entendimiento serĂ­a mĂĄs imperfecto si el alma estuviera aislada y no supiese de nada que no fuera ella misma. AsĂ­ pues, hay muchas cosas fuera de nosotros que nos son Ăștiles y que, por ello, han de ser apetecidas. Y entre ellas, las mĂĄs excelentes son las que concuerdan por completo con nuestra naturaleza. En efecto: si, por ejemplo, dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sĂ­, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado. Y asĂ­, nada es mĂĄs Ăștil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservaciĂłn de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma[96], y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzĂĄndose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la comĂșn utilidad; de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razĂłn, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guĂ­a de la razĂłn, no apetecen para sĂ­ nada que no deseen para los demĂĄs hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y honestos.


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