Heidi

Hay cierta confusión en la casa Sesemann.

A la mañana siguiente, apenas Sebastián acababa de abrir la puerta al profesor y de conducirlo a la sala de estudio, sonó por segunda vez la campana, con tanta fuerza, que el criado echó a correr escaleras abajo, porque pensaba: «Sólo el señor Sesemann llama así. Será él, que, sin duda, ha llegado sin avisar».

Abrió la puerta y se encontró frente a un muchacho andrajoso que llevaba sobre la espalda un organillo.

—¿Qué significa esto? —exclamó Sebastián—. Vaya un modo de llamar. ¿Qué es lo que quieres?

—Quiero ver a Clara.

—¡Tú! ¡Con este aspecto! ¿Y no puedes decir «señorita Clara» como todo el mundo?

—Me debe cuarenta céntimos —repuso el muchacho.

—¡Tú has perdido la cabeza! ¿Y cómo sabes que vive en esta casa una señorita que se llama Clara?

—Ayer le enseñé el camino de ida por veinte céntimos y el de vuelta por otros veinte.

—¡Dices mentiras! La señorita Clara nunca sale de casa. No puede andar. Anda, vete y que no te vea más por aquí.

Pero el muchacho no se dejó intimidar. Permaneció inmóvil diciendo fríamente:

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