Heidi

El señor Sesemann se entera de cosas sorprendentes.

Pocos días después de los anteriores sucesos, se advertía en la casa inusitada animación y un diligente subir y bajar las escaleras. Tinette y Sebastián sacaban un paquete tras otro del abarrotado carruaje, pues el señor Sesemann acababa de regresar y solía traer de sus viajes gran cantidad de cosas bonitas.

El señor Sesemann había entrado inmediatamente en la habitación de su hija para saludarla. Heidi estaba con Clara porque aquél era el momento de la tarde que las dos muchachas pasaban siempre juntas.

Padre e hija se querían mucho y se saludaron con mucho cariño. Luego el señor Sesemann tendió la mano a Heidi, que se había retirado a un rincón sin hacer ruido, y le dijo:

—¿Conque tú eres la pequeña suiza, eh? Ven aquí y dame la mano. ¡Muy bien! Ahora dime, ¿tú y Clara sois ya buenas amigas? ¿O bien os peleáis y os enfadáis y luego lloráis y hacéis las paces, y luego volvéis a empezar?

—No. Clara siempre es muy buena conmigo —repuso Heidi.

—¡Y Heidi nunca ha tratado de pelearse conmigo, papá! —exclamó Clara.

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