Heidi

Un invierno en Dörfli.

La nieve estaba tan alta alrededor de la cabaña del Viejo de los Alpes, que las ventanas parecían hallarse al mismo nivel del suelo; toda la parte inferior de la casa quedaba invisible y también la puerta había desaparecido bajo la nieve. Si el Viejo hubiese vivido aún en la cabaña, hubiera debido hacer lo mismo que hacía todas las mañanas Pedro delante de la choza que le servía de cobijo a él, a su madre y a su abuela. Cada mañana veíase obligado a saltar por la ventana y, si durante la noche no había helado, el muchacho se hundía tanto en la blanda nieve, que no podía salir de ella sino moviendo vigorosamente la cabeza, brazos y piernas. Entonces su madre le entregaba una gran escoba con la cual Pedro barría el camino hasta la puerta. Allí le esperaba el trabajo más pesado, porque era preciso valerse de una pala para apartar los montones de nieve, pues, si ésta estaba blanda, al abrir la puerta había el riesgo de que la masa cayera dentro de la cocina, y si se helaba, la puerta quedaba obstruida, toda vez que no era posible abrirse camino a través de la masa helada de nieve, y sólo Pedro podía saltar por la pequeña ventana. La época de las grandes heladas traía consigo grandes facilidades para el muchacho. Cuando su madre lo mandaba a Dörfli, el chico saltaba por la ventana sobre la nieve helada que se extendía por todas partes como un vasto manto; luego su madre, por el mismo sitio, le entregaba un pequeño trineo, y Pedro no tenía otra cosa que hacer que sentarse encima y ponerlo en marcha dejándolo deslizar por donde quisiera. No podía dejar de llegar abajo, porque toda la montaña no era sino una inmensa pista de hielo.

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