Heidi

Los amigos de Francfort se ponen en camino.

Había llegado el mes de mayo. De todas las alturas cercanas, los torrentes precipitaban su enorme caudal en el valle. Una cálida atmósfera envolvía los Alpes reverdecidos. El sol acababa de fundir las últimas nieves, y sus rayos vivificadores habían despertado las primeras flores en los prados. La brisa primaveral movía las ramas de los pinos para despojarlas de las viejas agujas que pronto habían de ser substituidas por un ropaje nuevo, de un verde claro y tierno. Muy alta, en los aires, el águila desplegaba nuevamente sus alas y, alrededor de la cabaña, el sol de mayo calentaba el suelo y acababa de secar los últimos vestigios de humedad.









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