Heidi

Una sorpresa tras otra.

A la mañana siguiente, el Viejo de los Alpes salió de la cabaña aún más temprano que de costumbre para examinar el cielo y ver cómo se presentaba el día. Un resplandor anaranjado aparecía por detrás de las cimas lejanas. Un viento fresco mecía las ramas de los abetos: el sol iba a salir. El Viejo permaneció algún tiempo inmóvil, contemplando con recogimiento la aparición del día. Después de las altas cumbres, fueron las colinas las que se vieron coronadas de una transparente claridad, los sombríos vapores del valle se disiparon, absorbidos por una luz rosada, y pronto, desde las cimas al llano, todo resplandeció sumido en una luz flotante. El sol había salido.

El abuelo sacó el sillón de ruedas del cobertizo, lo llevó ante la puerta y allí lo dejó; luego subió a despertar a las niñas y a decirles que había amanecido un día hermoso.





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