Heidi

Adiós, pero… hasta la vuelta.

El día anterior se habían recibido en la cabaña noticias de que era seguro que la abuelita llegaba. Fue Pedro quien, de buena mañana, trajo la carta, al llegar con sus cabras. El abuelo y las dos niñas habían salido ya. Blanquita y Diana esperaban también fuera de la cabaña; sacudían alegremente su cabeza a la brisa matinal mientras las niñas las acariciaban y les deseaban buen viaje, para la ascensión. El abuelo, de pie ante ellas, miraba ya a las lindas cabras de limpia y reluciente pelambre, ya a los frescos rostros que se inclinaban sobre ellas. Unas y otros debían complacerle, ya que el anciano sonreía con aire de satisfacción.

En este momento apareció Pedro. Al ver el grupo que se había formado ante la cabaña, avanzó lentamente, tendió la carta al Viejo y, cuando éste la tuvo entre las manos, el niño retrocedió con aire de terror y volvía de vez en cuando la cabeza, como si temiera algo que pudiera atacarle por la espalda. Después, dando un brinco, se alejó hacia los pastos.

—Abuelo —dijo Heidi, que había seguido la escena con asombro—. ¿Por qué Pedro imita ahora mismo al Gran Turco cuando siente restallar el látigo tras él? Éste comienza por retroceder, después sacude la cabeza en todas direcciones y, de pronto, inicia una serie de grandes saltos.

eXTReMe Tracker