Heidi

Una visita y luego otra que tiene graves consecuencias.

Había transcurrido un invierno, luego un verano, y otro invierno tocaba a su fin. Heidi era la misma de siempre, feliz y contenta como los pajaritos; cada día esperaba feliz la llegada de la próxima primavera; el cálido föhn que se oía mugir en los abetos pronto se llevaría la nieve y el sol entonces haría florecer otra vez las florecillas blancas y amarillas. Volverían los hermosos días del pasturaje que Heidi tanto amaba. Pronto cumpliría nueve años. Su abuelo le había enseñado toda clase de cosas útiles y sabía cuidar las cabras como nadie: Blanquita y Diana la seguían por todas partes como perritos, balando de alegría cuando oían su voz. Aquel último invierno, Pedro había traído dos veces recado del maestro de escuela de Dörfli para que el Viejo de los Alpes mandara al colegio a la niña que vivía con él, porque tenía la edad reglamentaria y hubiese debido ingresar en la escuela ya el invierno anterior. Ambas veces, el Viejo había mandado decir al muchacho que si el maestro de escuela quería algo de él, que fuera a verle, pero de ninguna manera pensaba mandar a la niña al colegio. Y Pedro había transmitido fielmente esa respuesta.


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