La Cartuja de Parma

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El sargento, que había salido corriendo de la venta y que había visto caer a su coronel e imaginado que estaba herido de gravedad, corre tras el caballo de Fabricio y hunde la punta de su sable en los riñones del ladrón, que cae. Los demás húsares, cuando ven que en el puente no queda en pie más que el sargento, pasan al galope y se pierden en la lejanía. El que iba a pie corre por los campos.

El sargento se acercó a los heridos. Fabricio se había levantado ya; no le dolía mucho la herida, pero perdía mucha sangre. El coronel se levantó lentamente; estaba aturdido por la caída, pero no le habían herido.

—No me duele nada más que la herida vieja de la mano.

El húsar herido por el sargento agonizaba.

—¡El diablo se lo lleve! —exclamó el coronel. Luego llamó a los otros dos de caballería y al sargento y les ordenó que se ocuparan de Fabricio:

—Ocupaos de ese chico a quien tan inoportunamente he expuesto. Yo me quedaré en el puente para intentar detener a estos perturbados. Llevad al chico a la venta y vendadle el brazo; coged una de mis camisas.


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