La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio no se despertó hasta el amanecer del día siguiente. Los caballos lanzaban unos relinchos larguísimos y hacían un ruido espantoso. La cuadra estaba llena de humo. Al principio Fabricio no entendía nada de toda aquella barahúnda; ni siquiera sabía dónde estaba; al fin, medio asfixiado por el humo, tuvo el atisbo de que la casa estaba ardiendo. En un abrir y cerrar de ojos estuvo fuera de la cuadra y a caballo. Alzó la mirada; salía muchísimo humo por las dos ventanas que estaban encima de la cuadra, y el tejado estaba cubierto de un humo negro y arremolinado. Durante la noche había llegado a la venta de El Caballo Blanco un centenar de fugitivos; gritaban y maldecían. Los cinco o seis que Fabricio vio de cerca le parecieron completamente ebrios. Uno de ellos quería detenerlo y le gritó:
—¿Adónde te llevas mi caballo?
Cuando Fabricio estuvo a un cuarto de legua, volvió la cabeza; no le seguía nadie, la casa estaba envuelta en llamas. Reconoció el puente; pensó en su herida y sintió el brazo envuelto apretadamente en las vendas y muy caliente. «¿Qué habrá sido del viejo coronel? Cedió su camisa para que vendaran mi brazo». Nuestro héroe experimentaba aquella mañana una serenidad total; la pérdida de sangre lo había liberado de todo lo novelesco que había en su carácter.