La Cartuja de Parma

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Capítulo séptimo

Para dar cuenta de la historia de los cuatro años siguientes habría que recurrir a relatar pequeños detalles tan insignificantes como el que acabamos de contar. En primavera, la marquesa y sus hijas visitaban durante dos meses a la duquesa en el palacio Sanseverina o en la finca de Sacca, a orillas del Po. Pasaban muy buenos ratos juntas y solían hablar de Fabricio, a quien el conde no permitió nunca que visitara Parma. La duquesa y el conde tuvieron que solucionar algunas ligerezas suyas, pero en general Fabricio seguía sensatamente la línea de conducta que se le había trazado, la de un gran señor que estudia teología y que de ningún modo basa en la virtud el progreso en su carrera. En Nápoles, se había apasionado por el estudio de la antigüedad; hacía excavaciones. Aquella nueva afición había sustituido prácticamente a la de los caballos. Hasta el punto de que había vendido sus pura sangre ingleses para poder continuar sus excavaciones en Misena, donde había encontrado un busto de Tiberio joven, que enseguida había sido considerado como uno de los restos más hermosos de la antigüedad. El descubrimiento de aquel busto fue, seguramente, el placer más intenso que pudo experimentar en Nápoles. Tenía un espíritu lo suficientemente elevado como para no imitar a otros jóvenes, o como para que no se le ocurriera, por ejemplo, representar el papel del enamorado en serio. Ciertamente no le faltaron amantes, pero ninguna dejó en él la menor secuela, y, pese a su edad, podía decirse que no conocía el amor, lo que hacía que suscitara más amores todavía. Nada le impedía actuar con la mayor distancia, pues, para él, una mujer joven y guapa era siempre igual a otra mujer joven y guapa; la única diferencia estribaba en el orden, siempre era la última la que le parecía la más interesante. Durante el último año de su estancia en Nápoles, una de las señoras más admiradas del reino había hecho locuras por él; pero lo que al principio le había parecido divertido acabó resultándole tan enojoso que uno de los motivos de alegría de su partida fue librarse de las atenciones de la duquesa de A***. En 1821, tras pasar medianamente todos sus exámenes, lo que le valió a su director de estudios o mentor un regalo y una cruz, fue a conocer la ciudad de Parma, en la que había pensado con frecuencia. Ya era Monsignore, y tenía cuatro caballos en su coche; en la última posta antes de llegar a Parma sólo enganchó dos, y ya en la ciudad mandó al cochero que parara en la iglesia de San Juan. Se encontraba allí la rica tumba del arzobispo Ascanio del Dongo, su tío bisabuelo, autor de la Genealogía latina. Rezó ante ella y, luego, se dirigió a pie al palacio de la duquesa, que no le esperaba sino algunos días más tarde. Tenía mucha gente en el salón, pero enseguida los dejaron a solas.


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