La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Así pues, a menos de un mes de su llegada a la corte, Fabricio tenía todos los disgustos de un cortesano y emponzoñada la amistad íntima que hacía dichosa su vida. Una noche, atormentado por estas ideas, salió de aquel salón de la duquesa, donde era demasiado aparente su aura de amante más favorecido. Errando al azar por la ciudad, pasó por delante del teatro; estaba iluminado; entró. Era una imprudencia gratuita en un hombre de su hábito y en la que se había propuesto firmemente no incurrir en Parma, al fin y al cabo una pequeña ciudad de cuarenta mil habitantes. Bien es verdad que, desde los primeros días de su estancia en la ciudad, se había liberado de su ropa oficial; y por las noches, cuando no tenía que ir de etiqueta, iba vestido de negro sin más, como si llevara luto.
