La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio tenía el ánimo exaltado por los discursos del anciano, por la intensa atención con que le había escuchado y por la enorme fatiga. Le costó mucho trabajo dormirse e inquietaron su sueño pesadillas, quizá presagios del futuro. Por la mañana, a las diez, lo despertó un retemblar general del campanario, un ruido espantoso que parecía venir de fuera. Se levantó aturdido, creyó que había llegado el fin del mundo, luego pensó que estaba en la cárcel. Necesitó cierto tiempo para reconocer el sonido de la gran campana que, en honor del glorioso San Giovita, movían cuarenta lugareños, aunque hubieran bastado diez.
Fabricio buscó un sitio que le permitiera ver sin ser visto. Reparó en que, desde aquella altura, podía ver los jardines e incluso el patio interior del castillo de su padre. Lo había olvidado. La idea del padre acercándose al final de la vida cambiaba todos sus sentimientos. Podía ver incluso los gorriones que buscaban migajas de pan en el balcón grande del comedor. «Ésos son descendientes de los que yo domesticaba» —se dijo—. El balcón, como todos los demás balcones del palacio, estaba lleno de naranjos en macetas de distintos tamaños. Esta vista lo conmovió; el aspecto de aquel patio interior, así adornado, con sus sombras perfectamente delineadas y marcadas por un sol rutilante, era ciertamente grandioso.
