La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La imprevista aparición de la amable muchacha borró todas aquellas ideas serias de Fabricio. Aquella temporada en Bolonia le reportó una alegría y una seguridad intensas. Las cartas que escribía a la duquesa estaban penetradas de esta ingenua disposición a vivir dichoso con todo lo que constituía su vida; hasta el punto de que ésta llegó a sentirse molesta por ello. En cuanto Fabricio se dio cuenta, escribió con abreviaturas en la esfera de su reloj: «Cuando escriba a la D. no decir nunca cuando era prelado, cuando era hombre de iglesia; eso la disgusta». Había comprado dos caballitos con los que estaba muy contento y, cuando la pequeña Marietta quería ir a cualquiera de los encantadores parajes de los alrededores de Bolonia, los enganchaba a una calesa de alquiler. Casi todas las tardes la llevaba a la Cascada del Reno, y a la vuelta, se detenía en casa del amable Crescentini, que se creía un poco el padre de Marietta.
