La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Mientras Fabricio acechaba el amor en aquel pueblo cercano a Parma, el fiscal general Rassi, que ignoraba que estuviera tan cerca, seguÃa tratando su asunto como si hubiera sido un liberal: aparentó no haber podido encontrar —o los intimidó, más bien— testigos de descargo; finalmente, tras un trabajo muy técnico, que duró cerca de un año, unos dos meses después de la vuelta de Fabricio a Bolonia, un viernes, la marquesa Raversi, ebria de gozo, informó públicamente en su salón que al dÃa siguiente la sentencia contra el joven del Dongo, que acababa de ser dictada, serÃa presentada a la firma del prÃncipe y aprobada por él. A los pocos minutos, la duquesa se enteraba de aquellas palabras de su enemiga.
«¡Qué mal deben servirle al conde sus agentes! —se dijo—, cuando esta misma mañana él pensaba que la sentencia no podÃa ser dictada antes de ocho dÃas. Quizá no le disgustaba tanto alejar de Parma a mi joven vicario general, pero —añadió cantando— volverá y un dÃa será nuestro arzobispo». La duquesa llamó:
—Reúna a todo el servido en la sala de espera —le dijo al primer criado—, sin olvidar a los cocineros; vaya a solicitar del comandante de la plaza el permiso necesario para disponer de cuatro caballos de posta y ocúpese de que, antes de media hora, esos caballos estén enganchados a mi landó.
