La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¡Bueno —exclamó el general cuando vio a don César, su hermano—; seguro que la duquesa está ya disponiéndose a gastar cien mil escudos para burlarse de mà y organizar la fuga del prisionero!
Ahora tenemos que dejar a Fabricio en su prisión, en lo más alto de la ciudadela de Parma; está bien guardado, allà volveremos a encontrárnoslo, aunque quizá un poco cambiado. Ocupémonos, pues, de la corte, donde intrigas sumamente complicadas y, sobre todo, la pasión de una mujer desdichada, decidirán su suerte.
Cuando subÃa los trescientos noventa escalones de su prisión en la torre Farnesio, Fabricio, que tanto habÃa temido aquel momento, se dio cuenta de que no tenÃa tiempo para pensar en su desgracia.
Cuando entró en su casa, al volver de los salones del conde Zurla, la duquesa despidió a las doncellas con un gesto. Luego se dejó caer, vestida, en la cama. «¡Fabricio —prorrumpió en voz alta— está en poder de sus enemigos, y puede que por mi culpa lo envenenen!».
