La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma El conde se veÃa ya a sà mismo fuera del gobierno. «Veamos —se dijo— cuántos caballos podré tener después de mi caÃda en desgracia, que es como llamarán a mi retiro». E hizo un balance de su patrimonio: habÃa llegado al cargo con ochenta mil francos por toda fortuna. Para su asombro descubrió que, contando todo lo que tenÃa, su haber apenas ascendÃa a quinientos mil francos. «Esto hace una renta de veinte mil libras, todo lo más —se dijo— ¡He de reconocer que soy una nulidad! No hay burgués en Parma que no me suponga una renta de ciento cincuenta mil libras; y el prÃncipe, a este respecto, es más burgués que nadie. Cuando me vean en la miseria, dirán que escondo bien mi fortuna. ¡Demontre, si sigo tres meses más en el gobierno, tengo que duplicar esta fortuna!». En esta última idea encontró una buena ocasión para escribir a la duquesa, y se entregó a ella con ardor; si bien, para hacerse perdonar la carta, dadas las circunstancias por que pasaban sus relaciones, la llenó de cálculos y de cifras. «Sólo tendremos una renta de veinte mil libras —le decÃa— para vivir los tres, Fabricio, usted y yo, en Nápoles. Fabricio y yo no podremos disponer más que de un caballo para los dos». Acababa de enviar esta carta, cuando le anunciaron al fiscal general Rassi. Lo recibió con una distancia altiva, rayana en la impertinencia.
