La Cartuja de Parma

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Capítulo decimonoveno

La ambición del general Fabio Conti, excitada hasta el paroxismo por las dificultades que acababan de presentarse en la carrera del primer ministro Mosca —y que parecían anunciar su caída—, lo inducía a hacerle a su hija violentas escenas. Lleno de cólera le repetía constantemente que tiraba por la ventana sus posibilidades de éxito, si no terminaba de decidirse a elegir entre sus pretendientes; con veinte años cumplidos había llegado el momento de comprometerse. Aquel estado de aislamiento cruel en que su obstinación sin sentido sumía al general tenía que concluir finalmente, etcétera, etcétera.

El primer motivo que tuvo Clelia para refugiarse en la pajarera fue escapar a aquellos arranques de mal genio. Se llegaba allí por una escalera de madera, pequeña y muy incómoda, sumamente molesta de subir para el gobernador que padecía de gota.

Desde hacía algunas semanas el alma de Clelia estaba muy turbada; hasta tal punto ignoraba ella misma qué debía desear, que, sin haber llegado a asentir explícitamente ante su padre, casi se había dejado comprometer. En uno de sus arrebatos de cólera, el general le había gritado que ya se ocuparía él de enviarla a que se aburriera al convento más triste de Parma y que la dejaría allí muerta de asco hasta que se dignara tomar una decisión.


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