La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Con distintos e ingeniosos pretextos, el primer ministro había conseguido que el príncipe se aviniera a depositar en un castillo amigo, cerca de Sarono, en el centro mismo de la Lombardía, los archivos de todas aquellas intrigas tan complicadas mediante las cuales Ranucio Ernesto IV abrigaba la más que extravagante esperanza de convertirse en rey constitucional de aquel hermoso país.
Más de veinte de aquellos documentos, muy comprometedores, eran del puño y letra del príncipe o estaban firmados por él. El conde tenía pensado que, en caso de que la vida de Fabricio llegara a estar seriamente amenazada, le anunciaría a Su Alteza que iba a entregar aquellos documentos a una gran potencia que con una sola palabra podía aniquilarlo.
El conde Mosca se creía seguro respecto al futuro barón Riva. El único miedo que tenía era el del veneno. La intentona de Barbone lo había alarmado mucho, hasta tal punto que se decidió a dar un paso que podía parecer una insensatez. Una mañana, pasó por delante de la ciudadela e hizo llamar al general Fabio Conti. Bajó éste hasta el baluarte de encima de la puerta y, allí, paseando amistosamente con él, tras un correcto y agridulce preámbulo, le dijo sin la menor vacilación: