La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma A lo largo de aquel día, a Fabricio lo asaltaron algunas ideas serias y desagradables, pero, a medida que oía sonar las horas que lo acercaban al momento de la acción, iba sintiéndose más alegre y decidido. La duquesa le había avisado en una carta de que el contacto con el aire libre lo sorprendería, y que, nada más salir de su celda, le sería imposible caminar; en tal caso, era preferible correr el riesgo de que lo volvieran a coger preso a caerse desde lo alto de un muro de sesenta metros de altura. «Si tuviera la mala suerte de que me pasara eso —se decía Fabricio— me echaré, bien pegado al parapeto, y dormiré una hora, luego seguiré adelante, porque, puesto que así se lo he jurado a Clelia, debo preferir caer de un muro, por alto que sea, a pasarme la vida haciéndome cébalas sobre el gusto del pan que haya comido. ¡Deben de ser terribles los dolores antes de llegar al final, cuando se muere envenenado! Fabio Conti no se andará con chiquitas, mandará que me den el arsénico con que mata a las ratas de su ciudadela».
