La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La llegada de nuestro héroe sumió a Clelia en la desesperación. La pobre muchacha, virtuosa y sincera consigo misma, no podÃa dejar de reconocerse a sà misma que jamás serÃa feliz lejos de Fabricio; pero, con ocasión del medio envenenamiento de su padre, habÃa prometido a la Madona que por él harÃa el sacrificio de casarse con el marqués Crescenzi. HabÃa hecho la promesa de no volver a ver a Fabricio, y ahora sentÃa unos remordimientos espantosos por la confesión que se habÃa sentido obligada a hacerle en la carta que le habÃa escrito la vÃspera de su evasión. ¿Cómo describir lo que sucedió en aquel triste corazón, cuando, melancólicamente ocupada en contemplar el revoloteo de sus pájaros, al levantar los ojos, dulcemente y por costumbre, hacia la ventana desde donde en otro tiempo Fabricio la miraba, lo vio allÃ, otra vez, saludándola con un respeto lleno de ternura?
Creyó que era una visión que el cielo permitÃa para castigarla. Luego, la atroz realidad se impuso en su razón. «¡Lo han vuelto a coger —se dijo—, está perdido!». Recordaba las cosas que habÃa oÃdo en la fortaleza tras la fuga; hasta el último carcelero se consideraba mortalmente ofendido. Clelia miró a Fabricio, y, muy a su pesar, aquella mirada expresó por entero la pasión que la llevaba a la desesperación.
