La Cartuja de Parma

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Capítulo vigesimoséptimo

Esta seria conversación tuvo lugar al día siguiente del regreso de Fabricio al palacio Sanseverina; la duquesa estaba aún irritada por la alegría que brillaba en todo lo que hacía Fabricio. «¡De modo —se decía— que esa piadosita me ha engañado! ¡No ha sabido resistir a su amante ni tres meses!».

Al príncipe, que era un ser sumamente pusilánime, la certeza de un desenlace feliz le había dado valor para amar. Cuando se enteró de los preparativos de viaje que se hacían en el palacio Sanseverina, su ayuda de cámara francés, que creía poco en la virtud de las grandes señoras, lo animó en lo concerniente a la duquesa. Ernesto V se atrevió a dar un paso que fue severamente criticado por la princesa y por todas las personas sensatas de la corte, mientras que el pueblo vio en ello la confirmación oficial del asombroso favor que tenía la duquesa: fue a visitarla en su palacio.

—Se marcha usted —le dijo con un tono serio que le pareció odioso a la duquesa—; se marcha; ¡me traiciona, incumple su juramento!, mientras que, si yo hubiera tardado diez minutos en concederle la merced de Fabricio, ahora estaría muerto. ¡Me deja usted desconsolado! ¡Si no hubiera sido por su juramento, no hubiera tenido valor para amarla como la amo! ¡Carece usted de honor!


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