La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Esta seria conversación tuvo lugar al dÃa siguiente del regreso de Fabricio al palacio Sanseverina; la duquesa estaba aún irritada por la alegrÃa que brillaba en todo lo que hacÃa Fabricio. «¡De modo —se decÃa— que esa piadosita me ha engañado! ¡No ha sabido resistir a su amante ni tres meses!».
Al prÃncipe, que era un ser sumamente pusilánime, la certeza de un desenlace feliz le habÃa dado valor para amar. Cuando se enteró de los preparativos de viaje que se hacÃan en el palacio Sanseverina, su ayuda de cámara francés, que creÃa poco en la virtud de las grandes señoras, lo animó en lo concerniente a la duquesa. Ernesto V se atrevió a dar un paso que fue severamente criticado por la princesa y por todas las personas sensatas de la corte, mientras que el pueblo vio en ello la confirmación oficial del asombroso favor que tenÃa la duquesa: fue a visitarla en su palacio.
—Se marcha usted —le dijo con un tono serio que le pareció odioso a la duquesa—; se marcha; ¡me traiciona, incumple su juramento!, mientras que, si yo hubiera tardado diez minutos en concederle la merced de Fabricio, ahora estarÃa muerto. ¡Me deja usted desconsolado! ¡Si no hubiera sido por su juramento, no hubiera tenido valor para amarla como la amo! ¡Carece usted de honor!
