La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Arrastrados por los acontecimientos, no hemos tenido tiempo para hacer ni siquiera un esbozo de la cómica raza de los cortesanos que pululaban por la corte de Parma y que no dejaban de hacer comentarios divertidos sobre los acontecimientos que hemos contado. Lo que en aquel país convertía a un miembro de la pequeña nobleza, adornado de tres o cuatro mil libras de renta, en digno de asistir, enfundado en sus medias negras, al ceremonial del despertar del príncipe era, en primer lugar, no haber leído nunca ni a Voltaire ni a Rousseau, condición nada difícil de cumplir. Tenía también que saber hablar con devoción del catarro del soberano o de la última caja de minerales que hubiera recibido de Sajonia. Si, además de todo esto, no faltaba a misa ni un solo día en todo el año y si entre sus amigos figuraban dos o tres frailes gordos, el príncipe se dignaba dirigirle la palabra una vez al año, quince días antes o quince días después del primero de enero, lo que le daba al sujeto en cuestión un gran prestigio en su parroquia y la tranquilidad de que, si se retrasaba en el pago de los cien francos anuales con que se cargaba su modesto peculio, el recaudador de impuestos no lo humillaría demasiado.
