La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Nada pudo despertarlo, ni los disparos de fusil, que sonaban muy cerca del carrito, ni el trote del caballo, al que la cantinera fustigaba con todas sus fuerzas. El regimiento, tras haberse creÃdo victorioso a lo largo de toda la jornada, habÃa sido atacado por nutridas oleadas de caballerÃa prusiana, y se batÃa en retirada o, mejor, huÃa hacia Francia.
El joven coronel, guapo y bizarro, que habÃa sustituido a Macon, cayó abatido a sablazos; el jefe de batallón que lo reemplazó en el mando, un viejo de pelo cano, ordenó que se detuviese el regimiento.
—¡J… —gritó, dirigiéndose a los soldados—, en tiempos de la república tenÃa que obligarnos el enemigo para que echáramos a correr…! ¡Defended cada pulgada de terreno, dejaos matar —gritaba, maldiciendo—, es el suelo patrio lo que los prusianos quieren invadir!
El carrito se detuvo y Fabricio se despertó de golpe. HacÃa ya tiempo que el sol se habÃa puesto; le extrañó mucho ver que era ya casi de noche. Los soldados corrÃan de un lado para otro en un desorden que sorprendió a nuestro héroe, y le pareció que tenÃan aspecto de avergonzados.
—¿Qué pasa? —le preguntó a la cantinera.
