Lamiel
Lamiel Pasaron quince dÃas en los que el duque fue completamente feliz, con una felicidad creciente, pero Lamiel comenzaba a aburrirse. El duque, que habÃa dado en el hotel de Inglaterra el nombre de monsieur Miossens a secas, la colmaba de regalos; pero Lamiel, a los ocho dÃas, se compró vestidos propios de una hija de burgueses de pueblo e hizo embalar los vestidos y los sombreros muy caros propios de una dama de ParÃs.
—No me gusta que me miren en la calle. Me acuerdo siempre de los viajantes de comercio. Estoy segura de que no sé andar como una dama de ParÃs.
Lamiel tenÃa un defecto para ser una mujer amable: no preocuparse de hablar al duquesito; lo hada muy rara vez. Lo aprovechó como maestro de literatura; le hizo leerle y explicarle la comedia que se ponÃa por la noche en el teatro.
Vio a mademoiselle Volnys, que de paso para el Havre dio una función en Ruan.
—Esta mujer me enseñará a llevar tus preciosos sombreros sin que parezca que los he robado. Vámonos al Havre y estudiaré despacio con mademoiselle Volnys.
—Pero mà madre ha amenazado con ir también al Havre, ¿y si nos ve, Dios santo?
—Entonces vamos corriendo, ¡vámonos ahora mismo! —y se marcharon.
