Lamiel

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Ante la insultante respuesta del doctor, el peatón agarró a Sansfin por la camisa de tela de Holanda, dispuesta con perfecta coquetería sobre el pecho del doctor, y dejó a su enemigo incapaz de presentarse ante las damas. Sansfin, que era fuerte, respondió con un puñetazo muy bien aplicado; el peatón, persistiendo en su plan de ataque, agarró con las dos manos la camisa del doctor para rompérsela del todo y dejar al descubierto el chaleco de franela, única prenda que le cubría el pecho. Una vez el enemigo en tal estado, el peatón hizo mucho ruido, esperando llamar la atención de la que sabía que era muy miedosa y que quizá abriría la puerta.

Las esperanzas del joven normando se vieron satisfechas con creces: en la puerta del salón apareció la duquesa precedida de dos señoras jóvenes que estaban con ella y seguida del cura, blanco como su camisa y pensando a la vez en los atentados de la revolución y en su calidad de hombre que le habría obligado a adelantarse a las dos señoras que arrostraron los peligros de aquella salida.

—Aquí tiene esta carta —dijo el peatón con el aire más tímido del mundo—, que el señor doctor quería quitarme.


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