Lamiel

Lamiel

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Conviene saber que, entre los desastrosos efectos de la Revolución, el que más molestaba a madame de Miossens era esos aíres de distinción y de reserva que se dan las hijas de las gentes del pueblo que han ganado algún dinero. Lamiel tenía demasiada vivacidad y demasiada energía para caminar lentamente y con los ojos bajos, o al menos cautelosos, para no dejar escapar más que una mirada insignificante sobre la magnífica alfombra de la duquesa. Las caritativas advertencias de las criadas la habían hecho adoptar una actitud extraña; cierto que andaba despacio, pero parecía una gacela encadenada; en mil pequeños gestos llenos de vivacidad trascendían las costumbres campesinas. Jamás habría podido adquirir esos modales de la buena sociedad que deben dar la impresión de un último esfuerzo de una naturaleza que no aspirara más que a la inactividad total. En cuanto no se veía directamente vigilada por las severas miradas de alguna de las doncellas antiguas, recorría saltando la serie de salones que había de atravesar para llegar al de la duquesa. Advertida por las denuncias de sus sirvientes, la gran dama hizo poner un espejo en su salón para ver aquella alegría desde su butaca. Aunque Lamiel fuera la ligereza en persona, reinaba tal tranquilidad en el enorme castillo, que el movimiento causado por sus saltos se oía en todas partes; todo acabó de decidir la fortuna de la joven plebeya. Cuando la duquesa estuvo bien segura de no tener en su casa a una chicuela que presumiera de señorita, se entregó con locura a la viva inclinación que sentía por Lamiel. Ésta no entendía la mitad de las palabras que leía en La Quotidienne. Como la duquesa creía que para leer bien hay que entender lo que se lee, se dio el gusto de explicar a Lamiel todas las cosas de que hablaba La Quotidienne. No fue cosa de nada y, sin que la duquesa lo hubiera previsto, esta ocupación de instruir a Lamiel fue para ella todas las noches un entretenimiento muy agradable; de esta manera, la lectura de La Quotidienne duraba tres horas en lugar de media hora. La gran dama explicaba a la joven campesina normanda, muy inteligente pero completamente ignorante, todas las cosas de la vida, y finalmente sus comentarios sobre el periódico que el peatón traía a las ocho solían ocupar la velada hasta media noche.


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