Narraciones y esbozos

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Apurado por no saber si debía decirle siempre la verdad a Valentine, Féder tomó el singular partido de preguntárselo a ella. No cabe duda de que era el partido más agradable para un hombre tan apasionadamente enamorado como lo estaba nuestro héroe, pero hay que reconocer que era un tanto pueril: Valentine había salido del convento provista de cinco o seis normas generales, más falsas que ciertas, que aplicaba a todo con una intrepidez muy atractiva y que a Feder le parecía adorable; pues aquella intrepidez monacal y feroz contrastaba por completo con su forma de ser ecuánime y tierna.

—Si sigo diciéndole estas tristes verdades que me ordena siempre que le diga, voy a privarla de la parte más celestial de ese agrado suyo —le decía un día Féder—; si deja de acompañar la formulación atrevida de una máxima atroz con esa sonrisa encantadora y con su presta disposición a quitarle la razón a la máxima en cuanto alguien le demuestra todo el alcance que tiene, es como si se quedara en el acto sin una superioridad notable y original que la pone por encima de todas las mujeres de su edad.

—Ah, pues si a usted le voy a parecer menos agradable, no me diga la verdad; prefiero decir en sociedad cualquier tontería y que se rían de mí.

A Féder le costó mucho no cogerle la mano y cubrírsela de besos; se apresuró a decir algo para distraerse de una emoción tan peligrosa.


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