Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos —No quiero ya más libros; son un fastidio, acabo de mandar que coloquen en el recibidor unos cuantos cientos de volúmenes de los que solo merece la pena la encuadernación. ¿Alguien los quiere? Los insto, caballeros, a llevárselos en sus coches. En los tres meses que hace que los tengo, que se me lleve el diantre si he leído tres páginas; se parecen mucho a uno de esos discursos de nuestros liberales de la Cámara, que pretenden, como quien no quiere la cosa, volvernos a los gratos días de 1793. ¡Dios me libre de tener que ver con todas esas razones de pelagatos y de jacobinos! Pero ayer, a la hora de ir a la Bolsa, es decir, a la hora para mí, que salgo de Viroflay a la una y no tengo ningún empeño en reventar los caballos, caí en la tentación de atender el parloteo de un pícaro encuadernador que me traía las obras del señor De Florian, primer gentilhombre del señor duque de Penthièvre, que aunque contemporáneo de Voltaire no debe de ser jacobino; pero, a decir verdad, no he leído ni una línea de ellas; si se las recomiendo a ustedes es solo porque la encuadernación de cada uno de los tomos me salió por dieciséis francos. Pero el caso es que por culpa de ese maldito libro no llegué a la Bolsa hasta las dos menos cuarto y ya no estaban las personas con las que quería hablar. A mí me resultan inútiles los libros porque aborrezco a los jacobinos y no leo nunca. No quiero que quede en casa ni uno y esta noche le enviaré a nuestro respetable párroco, para que los venda en beneficio de los pobres, los que no se hayan llevado ustedes.