Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Cuando Féder se enamoró de Amélie, una actriz joven, de diecisiete años, recién salida del Conservatorio y muy aplaudida en el papel de El marinerito[2], solo sabía dos cosas: montar a caballo y hacer retratos en miniatura; esos retratos eran de sorprendente parecido y no se les podía negar ese mérito; pero era el único en que podían basarse las pretensiones del autor. Eran siempre atrozmente feos y no conseguían el parecido sino exagerando los defectos del modelo.
Michel Féder, el tan conocido director de la casa Michel Féder y compañía, se pasaba la vida perorando a favor de la igualdad natural, pero no pudo perdonarle nunca a su hijo único que se hubiera casado con una actriz de poca monta. El procurador que tenía a su cargo el protesto de las letras de cambio impagadas de la firma le hizo notar en vano que la boda de su hijo solo se había celebrado ante un capuchino español (en el sur de Francia todavía no se ha molestado nadie en saber en qué consiste eso de casarse en el ayuntamiento); a Michel Féder, nacido en Núremberg y católico furibundo, como son los de Baviera, le parecía indisoluble cualquier matrimonio en que hubiera intervenido la dignidad del sacramento. La exagerada vanidad del filósofo alemán se ofendió sobre todo con un remedo de refrán provenzal que no tardó en hacerse popular en Marsella:
El señor Michel Féder, el rico bavierito,
se ha convertido en suegro de un marinerito.