Narraciones y esbozos

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Pero Delangle siempre había pensado que en un salón él tenía que superar con mucho a su cuñado, a quien se podía considerar un dechado de todas las infracciones contra la elegancia. Para colmo de desdichas, Boissaux, que era en todo muy disimulado, no podía ocultar el alborozo más ridículo en cuanto su vanidad se alzaba con el mínimo éxito. Delangle se había fiado de todos aquellos inconvenientes del amigo íntimo que ahora se estaba convirtiendo en rival suyo. De entrada, no le preocupó en absoluto la excelsitud de las cenas de Viroflay; no había nada que pudiera compararse con la cara colorada y la voz temblona de júbilo con que Boissaux encarecía un manjar temprano de precio un tanto extraordinario; pero, cuando Féder hubo tomado la decisión de llevar a unos cuantos parásitos de la alta sociedad a las excelentes cenas de Viroflay, cuando de repente esas cenas se hicieron famosas, a Delangle le sentó muy mal; en varias ocasiones se burló con sus vecinos de mesa de los singulares modales con que hacía Boissaux los honores, y Féder tuvo la suerte de poder hacerle notar a Boissaux aquella traición de su querido cuñado. En una ocasión, esos dos seres, cuya ira era fatal despertar, estuvieron a punto de pelearse en plena cena. Delangle empezó por afirmar, con tono de guasa, que uno de los platos principales no valía nada. Boissaux defendió acaloradamente su plato y, so pretexto de que eran amigos íntimos, las palabras hirientes fueron muy allá. Uno de los comensales, paisano de ambos antagonistas y que llevaba pocos días en París, exclamó ingenuamente y con una voz que retumbó en el comedor:


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